Search

Por qué no puede haber tal cosa como "ciencia neoliberal"


No puede suceder que una pieza de mera ideología —un pedazo de discurso, una red simbólica, digamos— cuya única función es la difusión de propaganda, sea ciencia. Lo que sí puede suceder, por supuesto, es que la mera propaganda se haga pasar por ciencia.



Hace unos días hubo algo de debate sobre si la ciencia puede ser “neoliberal” o no, porque la directora del CONACyT expuso, en cadena nacional, su idea de que al llegar el nuevo gobierno, se encontró con una “ciencia neoliberal”, que tendría algunas características que ella listó (dependencia tecnológica, baja eficiencia en innovación, abandono de la ciencia básica, y otras en la imagen.)


Pensé que sería buena idea desenredar un poco varias de las cuestiones que están en este tema, porque creo que en el centro hay una confusión conceptual bastante extendida y que es crucial identificar; además de que hacerlo nos brinda otra oportunidad para revisar algunas cuestiones básicas de la filosofía y los estudios sociales de la ciencia... Sin olvidar que, en realidad, es una cuestión tremendamente importante.



1. La ciencia es una institución


Empecemos con un hecho innegable: que la ciencia es un producto humano. Pero ¿qué tipo de producto es?


Bueno, por principio de cuentas, le llamamos “ciencia” a una serie de prácticas que están normadas, desde por convenciones sociales propias de un cúmulo de grupos humanos hasta por normas jurídicas. Entre estas prácticas se encuentran desde actividades muy poco distintivas de la ciencia como tal —como hacer congresos para juntar personas interesadas en el mismo tema— hasta actividades muy distintivas, como la revisión por pares o la replicación de experimentos. (No todas las ciencias tienen las mismas prácticas, por supuesto, pero todas comparten algunas.) Además, estas prácticas se dan en cierto tipo de ubicaciones físicas paradigmáticas: universidades, centros de investigación y laboratorios, por ejemplo. Y para que estas prácticas se lleven a cabo, se requiere de todo un sistema de roles y jerarquías, como los papeles de investigador, de técnico laboratorista, de editor, etc.


Tenemos un nombre general para estos sistemas de prácticas, que se llevan a cabo en ciertos lugares paradigmáticos y dedicados a ello, y que suponen un sistema de organización de las personas: a esas cosas les llamamos instituciones. Así, una primera forma de comprender el fenómeno humano de la ciencia es como una institución.


Por supuesto, como toda institución, ella se realiza de formas distintas en diferentes lugares y momentos (así como la institución de la familia se realiza de formas distintas en el París del s. XIX que en la CDMX hoy).


Y sobre todo, también como toda institución, la ciencia cambia, evoluciona con el tiempo. Además, como toda institución, la ciencia requiere de recursos para poder funcionar. Esos recursos que le dan su “combustible” van desde recursos físicos, tan concretos como un edificio o un equipo de laboratorio, hasta, simplemente, dinero.


Pero como también sabemos, la asignación de recursos materiales y financieros es precisamente uno de los problemas en el centro de la política.


Esto implica que, en cuanto que es una institución, la ciencia también requiere de la política, porque requiere de que se le asignen recursos para poder funcionar, y estas asignaciones pueden ser contenciosas, sujetas a acuerdos, luchas y estrategias. Así, tanto como la administración pública requiere de muchas ciencias para funcionar (si se hace bien), también la ciencia requiere de la administración pública, que es la forma en la que se le asignan los recursos (públicos) para que pueda funcionar y hasta existir. (Mantengamos esto en mente.)



2. ...Pero también es un producto abstracto


Un segundo sentido en que hablamos de ciencia es la ciencia como el producto de esas instituciones: el artículo, la conferencia y la cátedra, el libro, el modelo, el paradigma experimental, y, por supuesto, la teoría: todas esas son cosas que llamamos “ciencia”, y quizá en su sentido más originario.


Se distinguen porque todas ellas codifican algo: conocimiento. Son como el disco duro que almacena datos: son medios que almacenan información justificada, puesta a prueba, y basada en la evidencia (aunque pueda ser de forma tentativa y bajo incertidumbre).


Como toda información, esta puede almacenarse con independencia de cómo fue producida (y esto es todo lo que quiero decir con que es “abstracta”). Si yo tomo una fotografía de un incendio, no necesito causar un incendio para verlo: la información que la fotografía guarda sobre el incendio, aunque tuvo alguna relación causal con este, no requiere de su existencia continua. De igual forma, los productos de la institución de la ciencia —esa base de conocimiento que también identificamos con la ciencia, como cuando decimos que “la ciencia enseña que la Tierra no es plana”— se independizan, una vez producidos, de su contexto de producción.


Eso por un lado. Por el otro, precisamente una marca del proceder científico es la reproducibilidad. Eso hace que los conjuntos de métodos, modelos, teorías y prácticas —desde prácticas experimentales muy concretas hasta cosas tan generales como la revisión por pares o la replicación de resultados— sea muy portable a través de diferentes contextos. Por supuesto, no es 100% portable, porque existe conocimiento procedural ("know how") que solamente se adquiere con la práctica, o intuiciones refinadas que se desarrollan solamente después de mucha experiencia y amplitud del conocimiento. Esto, como sabe cualquiera que haya adquirido cualquier habilidad, es algo que no se aprende leyendo un manual, sino haciéndolo.


Además, otro hecho obvio es que la ciencia (en el doble sentido de institución y de producto abstracto de esta) evoluciona. Idealmente, se corrige a sí misma. Las prácticas son puestas a prueba, y lo que antes era una buena práctica —por ejemplo, interpretar y valorar de cierta forma a los valores-p en la estadística— puede pasar a no ser una buena práctica. Algo parecido con la ciencia como información. Esto es lo que hace que la ciencia no sea cualquier tipo de información, y también es lo que une esencialmente a los aspectos concreto —institucional— y abstracto —resultado de lo primero— de la ciencia.


Insistamos un poco en este punto, porque es importante.


3. La función esencial de la institución científica


Toda institución humana es creada y mantenida con ciertos propósitos (aunque a veces una institución se crea con ciertos propósitos que después se modifiquen, por lo que pueda llegar a mantenerse por propósitos distintos). Estos pueden no ser explícitos, o pueden no ser conocidos por todas las personas que la hacen funcionar. Pero una institución cuyo propósito ha dejado de importar al grupo social que la mantiene, entra en crisis y luego en decadencia. Y el objetivo, el telos, la finalidad de la ciencia es la búsqueda de las características objetivas de la realidad. O, más exactamente: la búsqueda de resúmenes manipulables de aquellos aspectos de la realidad que podamos entender mediante procesos de creación de algoritmos, teorías, modelos, protocolos experimentales, etc.


Ladyman y Ross tienen una postura parecida sobre la naturaleza de la ciencia (la traducción es mía):


La ciencia se demarca de la no-ciencia solamente por normas institucionales: los requisitos para una revisión rigurosa por pares antes de que una afirmación se pueda depositar en registros “serios” de creencias científicas, los requisitos que rigen el rigor representativo con respecto a las afirmaciones teóricas y las explicaciones de las observaciones y los experimentos, y así en general. No estamos suponiendo que estas normas sean arbitrarias o productos de factores históricos dependientes de la trayectoria. Se justifican por el hecho de que los seres humanos individuales están mal preparados por la evolución para controlar el razonamiento inductivo complejo en dominios que no plantean problemas de supervivencia para nuestros antepasados. Sin embargo, podemos lograr importantes hazañas epistemológicas colaborando y creando fuertes filtros institucionales contra errores.

Esta idea consiste, pues, en identificar a la ciencia como la institución humana cuya función esencial es la detección y eliminación de errores en la recolección de evidencia y en la formación y justificación (mediante esa misma evidencia) de hipótesis acerca de qué sucede en el mundo, por qué sucede así, cómo podría haber sucedido, y cómo es probable que vaya a suceder. Es decir: la ciencia es la institucionalización de las formas que tenemos para tratar de eliminar los errores en los que podemos caer al describir, conocer, y explicar a la realidad.



4. ¿Qué es lo que sí puede ser neoliberal?


La ciencia es, pues, una institución contingente.


Y, como toda institución, está sujeta a presiones políticas: disputas, negociaciones y acuerdos sobre la asignación de recursos, la distribución de posiciones de administración del poder, y complejos sistemas de asignación o restricción del mérito y notabilidad social. En las instituciones, ser es ser político.


De nuevo, es la distribución de recursos —materiales, sociales, políticos y económicos— la que está sujeta a disputas políticas. Por supuesto, nadie ignora que un debate aparentemente científico puede esconder una refriega política. Y es obvio que la administración de la ciencia en una región en una época va a tener consecuencias sobre a qué áreas y a qué escuelas o grupos se les da más dinero y recursos, o qué instituciones relacionadas con la práctica de la ciencia se promueven o se debilitan. (En ese sentido, es útil estudiar el contexto político y económico (e histórico y social) de la práctica de la ciencia.)


Pero notemos que hablamos sobre los sistemas de asignación, restricción, y distribución de recursos. No sobre la institución de la ciencia en sus fines esenciales, o sobre los productos de esta. Así, lo que sí puede ser neoliberal, o socialista, o etc., es la administración pública con la que se mantiene a la ciencia.


Es importante notar lo que olvidan, o ignoran, quienes hablan de una “ciencia neoliberal” de forma literal: que el neoliberalismo es una filosofía política-económica: un concepto muy general del Estado, de la política pública, y de la administración de la economía. Como el término “neoliberalismo” se ha usado para una variedad tan amplia de cosas hasta llevarle a perder el significado porque de repente significa todo (casi como “capitalismo”, cuando se habla hasta del “capitalismo de las relaciones personales” y sinsentidos así), hay que destilarlo en sus dos tesis nucleares: la económica y la política.


La primera es esta:

  • Neoliberalismo económico: El sistema económico más eficiente es el que elimina todas las restricciones posibles sobre el mecanismo del mercado.

Y esta es la segunda:

  • Neoliberalismo político: Los derechos individuales de no ser obligado a restringir las propias libertades económicas son derechos fundamentales, inalienables.

Habiendo destilado los dos postulados centrales de la filosofía neoliberal, queda claro que no es una escuela científica, en el sentido de ser una filosofía que guíe a toda la ciencia en una época —como el materialismo, el mecanicismo o el experimentalismo—; ni son tendencias dentro de ciencias particulares, como lo eran la biología darwinista y la biología lamarckiana en el siglo XIX, o el individualismo y el colectivismo en las ciencias sociales del primer siglo XX, o el corpuscularismo en la mecánica del siglo XVII. (Por supuesto, algunas ideas neoliberales surgieron en el contexto de la economía y la política de mediados del siglo XX por gente como Hayek o Friedman, y fueron impuestas en Latinoamérica como “ingeniería económica” supuestamente científica por los así llamados “Chicago Boys”, quienes eran funcionarios de estado. Pero, de nuevo, estas ideas son una familia de políticas económicas, no una tendencia en la ciencia per se.)


Así, hablar de “ciencia neoliberal” comete una falacia genética. Pensemos en una analogía: supongamos que hay una tendencia en el diseño industrial, digamos el minimalismo. En esa tendencia, se imprimen centenas de libros científicos. No diríamos que la ciencia contenida en esos libros es “minimalista” solamente porque los medios materiales que la transportan se producen con ingeniería minimalista. Pero ese es el mismo error de llamarle “neoliberal” a una ciencia cuyos medios se asignan mediante una ingeniería (esta vez económica) neoliberal.



5. ¿Hay algún peligro en hablar de “ciencia neoliberal”?

Sí que lo hay.


En primera, hablar de “ciencia neoliberal” no tiene ninguna utilidad teórica más allá de la utilidad que tiene conceptualizar una forma de administrar los recursos de la ciencia bajo un modelo de administración económica que sí es neoliberal. Es decir: todo lo que se puede decir y pensar con el concepto de “ciencia neoliberal”, se puede decir y pensar, y más claramente, enfocándose en la administración pública, de tendencia neoliberal, que se hace de los recursos asignados a la ciencia.


Pero lo que sí tiene hablar de “ciencia neoliberal” es que genera confusiones dañinas, por un lado; por el otro, como es el caso de la presente administración, tiene un uso meramente propagandístico.


Las confusiones que genera tal terminología se deben a que sugieren la idea de que hay cierta ciencia —como institución y como producto— que es neoliberal, y otra que no lo es —que es socialdemócrata, o comunista, o etc. Esto, a su vez, nos pone en la pendiente resbaladiza de suponer que los productos neoliberales, o los productos de una institución neoliberal, son meramente ideológicos y por ello, que una teoría científica, o una evaluación, diagnóstico o juicio basados en el consenso científico, pueden ser meramente propagandísticos. Como propaganda, serían entonces igual de desechables que cualquier otra propaganda.


Pero eso es precisamente lo que no puede suceder.


No puede suceder que una pieza de mera ideología —un pedazo de discurso, una red simbólica, digamos— cuya única función es la difusión de propaganda sea ciencia. Y esto no es un gran descubrimiento mío, ni de nadie: se sigue de lo que significa “ciencia”, en cualquiera de los dos sentidos.


Recordemos el fin esencial de la institución científica: la detección y eliminación de errores en la recolección de evidencia y en la formación y justificación (mediante esa misma evidencia) de hipótesis y modelos acerca de la realidad. Ese fin simplemente no es lo que se busca cuando se busca producir propaganda. Y la ciencia, como producto abstracto de la institución científica, tampoco puede ser el producto de un mecanismo propagandístico, simplemente porque no sigue las pautas que hacen que una base de conocimiento sea científica.


Lo que sí puede suceder, por supuesto, es que la mera propaganda se haga pasar por ciencia (como sucedió durante largo rato con las escuelas neoliberal y marxista en la economía, por ejemplo). Esta es la falacia en el fondo de las pseudo-tecnocracias como las que vivimos durante décadas en ciertos países de América Latina. Lo que también puede suceder es que —y esta falacia está en el fondo de los populismos que ahora vivimos— al identificar a la ciencia con mera propaganda, se la deseche como producto de los adversarios políticos, y se la ignore, se la estigmatice, y se la margine.



6. Posibles objeciones —y mis respuestas

“Estás suponiendo un positivismo anacrónico, o una idea purista de que la ciencia es objetiva. Ya es 2020, ¡actualízate!”

— No estoy suponiendo ningún positivismo ni ningún cientificismo, como se puede comprobar revisando la definición de esos conceptos. Ni siquiera estoy suponiendo que la ciencia pueda ser objetiva, en el sentido del realismo en filosofía de la ciencia: yo creo que puede serlo, pero no se necesita suponerlo para el argumento de arriba. Finalmente, el realismo es una de las posturas más defendidas hoy en esa área especializada que es la filosofía de la ciencia.


“¡Pero es muy ingenuo suponer que la gente que se dedica a la ciencia no tiene intereses ‘mundanos’ como el dinero y que su práctica no puede sesgarse por sistemas de incentivos estructurados por la distribución de recursos!”

— En efecto: ¡es muy ingenuo! Por eso yo no lo estoy suponiendo. Por supuesto que esos fenómenos existen y son (por ejemplo) estudiados por la sociología y la economía, y descritos por la historia, cuando se enfocan al fenómeno social de la institución científica. Pero nada de eso impide hacer la distinción conceptual entre la administración de recursos y la ciencia como (1) una institución, y como (2) una base de conocimiento ejemplificada en prácticas, libros, etc.


“¡Pero los estudios sociales de la ciencia llevan décadas explicando cómo las condiciones sociales impactan en la evolución de la ciencia!”

— ¡De acuerdo! Yo también soy realista (en el sentido de la filosofía de la ciencia) acerca de las ciencias sociales, y en particular, del estudio de la ciencia como fenómeno social: ¡también hay ciencia social sobre la ciencia! (Por cierto: cualquier relativismo epistémico basado en las ciencias sociales es, por ello, auto-refutante.)


Pero la realidad de ese impacto de la administración de recursos en la ciencia como tal, no solamente no impide que hagamos la división conceptual, sino que me parece que se entiende mejor una vez que tenemos en mente esa diferencia, porque podemos hablar de relaciones causales desde el modelo de la administración sobre la ciencia. (Ejemplo muy simplificado: si por años le das mucho más dinero a la investigación en física nuclear que a la investigación en virología, que no te sorprenda que en unos años la primera sea una ciencia mucho más avanzada.)


“Pero esos especialistas en los estudios sociales usan cómodamente la frase ‘ciencia neoliberal’. ¿Por qué cuestionar la terminología de los expertos en el tema?”

— Yo no los estoy cuestionando en su disciplina: estoy cuestionando el uso de la terminología en la comunicación social del gobierno. Además, de hecho creo que su disciplina no habla de una ciencia como tal que sea neoliberal (aparte, por supuesto, de la tradición neoliberal en la economía, que hoy en día  ya es “fringe” en la academia), sino de la administración pública. Veamos.

Esa terminología (1) provoca confusiones, (2) da lugar a un uso meramente propagandístico, y (3) su única virtud es la brevedad. Que los expertos la usen si quieren! Pero para comunicar esos estudios expertos, es mejor no dar lugar a confusiones ni a usos propagandísticos. Una frase más exacta para el fenómeno es “Administración en el modelo neoliberal de los recursos públicos destinados a la ciencia”. Es más larga y suena menos “cool” que “ciencia neoliberal”, pero (1) es más exacta (no provoca confusiones), (2) es menos fácil usarla en la propaganda, y (3) creo que es realmente lo que los científicos sociales tienen en mente cuando hablan de “ciencia neoliberal”. Doy un ejemplo y una analogía.

La revista Social Studies of Science, en 2010, tuvo una edición especial sobre “Neoliberal science”. Pero nada más hay que leer el abstract de su introducción: “we focus on the particular impacts of neoliberalism as a regime of scientific management” (mi énfasis). Y luego afirman que hay resultados comunes (“common outcomes”) en las diferentes implementaciones del neoliberalismo, que le pueden ayudar a los especialistas a estudiar el tema, enfocados en la ciencia. Todos los resultados comunes que menciona son resultados de una administración pública, como “the rollback of public funding for universities” o “the intense fortification of intellectual property in an attempt to commercialize knowledge”.


Leer el artículo sólo confirma esto. Se dicen cosas como que "the common core” del neoliberalismo “has been the promotion of market-based solutions to a broad range of issues” y se dan 8 características generales. Pero otra vez: una astrónoma que estudia los jets relativistas no utiliza ningún mecanismo de mercado para resolver su modelo o para ajustar su radiotelescopio. Por supuesto, utiliza los mercados para distintas cosas (¡quizá ella invierte en la bolsa!), e incluso cosas relacionadas con su actividad científica —el sistema editorial de journals constituye un mercado. ¡Sin duda! Pero los journals —o el mercado de radiotelescopios, o el mercado de batas de laboratorio— no son la ciencia: son recursos necesarios para hacer ciencia.


(Claro que un ejemplo no demuestra una tesis general; lo que demuestra la tesis general es mi argumento inicial.)


Analogía: ¿Quién hablaría de “deporte neoliberal”? Nadie cree que haya estas dos formas de jugar futbol: una neoliberal y otra (digamos) marxista. ¡No! El futbol ya tiene sus propias reglas, y si no las estás siguiendo, no estás jugando futbol —así sea en Estados Unidos o en Corea del Norte. Lo que sí hay son formas distintas de disponer de los recursos públicos para financiar al fútbol.


“Cuáles son los supuestos ‘peligros’ al usar la terminología de ‘ciencia neoliberal’, según tú?”

— El peligro de introducir el término es que se cambia el foco de atención desde la administración a la ciencia misma. Esto permite —no implica necesariamente: permite— eludir el cuestionamiento de la administración. También permite que se maneje a la ciencia como mera propaganda: si los resultados científicos no favorecen a mi proyecto político, puedo decir que son resultados de “la ciencia neoliberal” y con ello, rechazar la autoridad epistémica de la ciencia, rebajándola a un mero comentario sesgado que parte de intereses políticos y/o económicos (como hacen los negacionistas del cambio climático, los de las vacunas, y muchos opositores de la tecnología transgénica).


“¡Pero hablar de ‘ciencia neoliberal’ señala algo que hay que cambiar!”

— Lo que se tiene que cambiar es la administración de los recursos que se le dan a la ciencia. “Cambiar a la ciencia” literalmente significa cambiar sus métodos y sus teorías, y eso no le toca a la gente que se dedica a la política y a la economía del Estado: le toca a las científicas. Hacer que la ciencia “sirva a la sociedad” tampoco es algo científico: es administrativo, por que es una decisión de hacia dónde dirigir los recursos que se le asignan a la ciencia. Es, pues, una decisión política.


“A qué propaganda te refieres?”

— A la que difunde el gobierno de México. Esto se inscribe en un proyecto político más amplio, que es la “cuarta transformación” de López Obrador, uno de cuyos soportes ideológicos que mantienen es que AMLO vino a cambiar (mejor: a transformar radicalmente) el sistema político, económico, y hasta cultural y moral, de la sociedad mexicana. Ese sistema anterior tiene algunos nombres: “los tecnócratas”, “los conservadores” y... sí: “el neoliberalismo”. En ese contexto, lo de “ciencia neoliberal” es parte de ese aparato propagandístico. Queda más claro en los últimos minutos de la presentación de la directora.


“¡Pero es que tú eres un neoliberal enmascarado!”

— Es broma, ¿verdad? Bueno: yo no soy neoliberal en ningún sentido: creo que el neoliberalismo, como teoría, es pseudocientífica; como política pública, es fallida pues crea enormes daños sociales, y además se utiliza como pantalla ideológica para justificar un “capitalismo de amigos” (crony capitalism) que es ética, política y económicamente injustificable.

Además, mis supuestos rasgos no deberían influir en la calidad de los argumentos que expuse.

Finalmente, quien hace este tipo de señalamientos podría estar suponiendo una dicotomía: “Si no crees en mis constructos teóricos seguro eres mi enemigo”. Y esa dicotomía es falsa, por supuesto.

0 views

© 2019, Carlos Romero.

  • my YouTube channel
  • my Instagram profile