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Nos espera una larga pandemia

Updated: Sep 9


Lo que quiero sugerir es que tenemos ante nosotros un posible futuro: algo que probablemente suceda, a menos que haya algún cambio importante. Y por ello, debemos prepararnos.





No hay nadie que no espere con ansias el fin de esta crisis, y los presidentes más soberbios como Trump y Bolsonaro quieren poner una fecha muy próxima para volver a pretender que todo es normal. El mismo presidente de México está muy confiado en que esto durará poco y hace no mucho dijo que “cuando esto acabe, haremos un festival de abrazos en el Zócalo”. Bien, pues… la realidad parece ser un poquito menos feliz, y aquí voy a explicar por qué.


Creo que todo mundo hemos oído que la vacuna para la COVID-19, en el mejor —mejorsísimo— de los escenarios, tardaría todavía varios meses (quizá al menos un año y medio); mientras que para un tratamiento probado y sistemático no hay realmente alguna expectativa que pudiéramos tener con seguridad. Bueno, esto es parte importante del contexto.


Esta historia ya ha sido contada antes, pero espero ahora dar algo de detalles y "amarrar" entre sí varios conceptos, que se han popularizado, de una manera coherente.


(En este blogpost se prevé la misma historia y se invita a quienes divulgan modelos predictivos a tener sinceridad respecto al futuro. En español recomiendo muchísimo este del MIT Technology Review, que explica otros varios aspectos. La historia central no es muy difícil de entender, aunque el modelo científico que la justifica, diseñado por el Imperial College en su reporte del 16 de Marzo tiene aspectos detallados, y es de donde saco la imagen de este post. Hay un resumen en el FT, pero es casi igual de largo que el reporte original, sin detalles técnicos.)



(1)


Dos números son básicos para comprender una epidemia y su desarrollo: R0 y R(t). Como sabe cualquiera que haya visto Contagion, el primero (el número reproductivo básico) es el promedio de contagios que una persona infectada tiende a causar, cuando toda la población es susceptible de contagiarse. El segundo es el número reproductivo efectivo, y mide el promedio de contagios que un infectado puede causar, en un momento dado, t, cuando ya no todos son susceptibles.


Bueno, pues para eliminar una epidemia dentro de una población sólo podemos bajar el número reproductivo efectivo: hacer que las personas contagiadas infecten a menos personas. Es un resultado básico de la epidemiología que si el número R es igual a 1, la infección se volverá endémica en la comunidad, pero no crecerá; si R es mayor a 1, habrá una epidemia, pues el número de infecciones crecerá de forma exponencial; pero si R es menor a 1, cada persona tenderá a infectar a, en promedio, menos de otra persona, por lo que el número de infectados tenderá a decaer, hasta llegar a cero (si R permanece menor a 1 durante el tiempo suficiente).


Para bajar el número reproductivo efectivo hay que tener menos personas susceptibles de contagiarse. Esto se logra o bien cuando hay inmunidad, o bien cuando las personas no tienen contacto con el agente infeccioso.


La inmunidad se logra mediante, o bien con vacunas —que en nuestro caso, sabemos que no tardarán menos de un año y medio— o bien, si al enfermarnos adquirimos inmunidad a la enfermedad, por el tiempo suficiente para disminuir el número de contagios. Como no tenemos, ni tendremos en el futuro cercano, una vacuna, sólo queda esperar a que haya inmunidad tras haberse contagiado. 




(2)


Por aquí va la idea de la “inmunidad de rebaño” o “de grupo”, la famosa “herd immunity”. El concepto en realidad es muy sencillo y significa lo siguiente. Consideremos una población de 100 personas, en la que 90 de ellas son inmunes a un patógeno. Las diez personas restantes van a tener inmunidad “gratis” a ese patógeno, porque las 90 personas inmunes no van a poder contagiarse y, por lo tanto, no van a poder transmitirlo. Si no pueden transmitirlo, las diez personas que no son inmunes tienen menos probabilidad de contagiarse, porque las demás no se lo pueden pasar. Es como si las 90 personas inmunes formaran una “barrera” ante el patógeno, cubriendo a las 10 restantes.


Y esto sirve para explicar por qué “herd immunity” se ha vuelto un tipo de “palabra sucia” últimamente: desafortunadamente, para lograr una inmunidad de rebaño en un umbral suficientemente corto de tiempo, se requeriría permitir el contagio masivo. Pero, si hacemos eso muy rápido, nos enfrentaremos con que el pequeño porcentaje de personas que necesitan hospitalización se convierten en miles de personas, lo cual saturará el sistema de salud. Saturar el sistema de salud impide que muchas personas tengan atención apropiada, hace que haya más contagios, y lleva a una mayor tasa de muertes sobre contagios.


Para evitar esto, se necesita la estrategia de aplanar la curva. Esta nos lleva a tener una infección “larga”, digamos; donde los contagios sean lentos, quizá hasta en la escala de meses, de forma que la atención médica de urgencia también sea lenta y el sistema de salud pueda soportar esa carga —hasta que haya una vacuna y podamos volvernos inmunes.



(3)


Pero el objetivo a largo plazo sigue siendo suprimir la infección, que quiere decir reducir el número de reproducción a menos de 1: hacer que cada vez haya menos infectados.


Vemos que esto se puede hacer, si tomamos el caso de China. En general, el Imperial College hizo cálculos sobre esta estrategia, que incluye detección y aislamiento de casos, así como distanciamiento social de amplia escala. Estos indicaban que esa era, globalmente, la mejor idea para salvar millones de vidas, aún si todavía no pueden ver los efectos particulares que los diferentes capacidades de los sistemas de salud (sobre todo en los países de menor ingreso) podrían tener en la tasa de mortalidad.


Para motivos de comparación, si suponemos que en la mayoría de los países la infección se comportará de manera parecida a lo que pasó en países como España e Italia frente a la respuesta de supresión —que incluye el distanciamiento social en gran escala—, el IC también calculó que la infección en 11 países europeos podría estarse controlando, debido a las medidas tomadas hace unas semanas. Esto indica que prohibir eventos masivos y tener confinamiento en casa sí funciona.


Pero, entonces, tenemos un dilema.


La mejor estrategia, por ahora, para evitar miles de muertes debido a la saturación del sistema de salud, es el testeo y aislamiento de casos junto con el distanciamiento social a gran escala. Esto hace que el número reproductivo decrezca y haya, con un retraso de un par de semanas, menos infectados —se reduce la velocidad de contagio. Hay relativamente pocas infecciones —pero, por lo mismo, poca inmunidad de rebaño.



(4)

El problema es que difícilmente podremos vivir encerrados 18 meses. No sólo por la economía, que de por sí ya es una historia muy preocupante; también por una variable social súper importante: básicamente, no a todas las personas les gusta que les digan qué hacer, y a todavía menos les gusta estar encerrados por mucho tiempo (¡las cárceles son un castigo, no un premio!), lejos de las relaciones humanas que le dan sentido a sus vidas.


Eso significa que en algún momento tendremos que relajar el distanciamiento social. Pero si las estrategias de supresión fueron eficaces, hubo pocas infecciones: ¡poca inmunidad de grupo!


El Imperial College vio esto muy bien:


Cuanto más exitosa sea una estrategia para la supresión temporal, mayor será la predicción de la epidemia posterior en ausencia de vacunación, debido a una menor acumulación de inmunidad colectiva. [Reporte del 16 de marzo]

Y también:

“Además, con los valores de Rt cayendo sustancialmente, la tasa de adquisición de inmunidad de rebaño disminuirá rápidamente. Esto implica que el virus podrá propagarse rápidamente si se levantan las intervenciones.” (Reporte del 30 de marzo)

Es decir: una vez que se liberen las restricciones, si la estrategia de supresión fue eficaz… lo que resultará es otro pico de infecciones, y otra vez la amenaza de sobrecargar al sistema de salud, con el consecuente aumento en la letalidad de la enfermedad.


Esto sugiere una estrategia “intermitente”, durante meses, hasta que tengamos una vacuna… o hasta que haya suficiente inmunidad de grupo para enfrentar a la enfermedad.



(5)

El resultado de todo esto es que el futuro, salvo algún nuevo descubrimiento que cambie todo el panorama, no se ve muy diferente al confinamiento intermitente, al menos en un plazo de meses.


Esto podría sonar un poco deprimente. Pero lo único que quiero sugerir es que es un posible futuro: algo que probablemente suceda, a menos que haya algún cambio importante. Y por ello, debemos prepararnos. En todo sentido, pero, sobre todo, psicológicamente.

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© 2019, Carlos Romero.

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