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La pandemia política

Updated: Sep 9

La politización de casi todo los aspectos de la epidemia es contraproducente, e impide el progreso. Entre muchas razones, porque le resta presencia a las cuestiones que son políticas.

Desde el principio de esta epidemia, algo que agrava y hace más complejo cada problema que ella implica, es la profunda politización. Esta contribuye a, y al mismo tiempo es parcialmente resultado de, la radicalización política que vivimos (a su vez, azuzada por los grandes poderes político-económicos, y mantenida por los medios que sacan provecho económico de ello). La politización ha llegado a tales niveles que el mismo Dr. Tedros de la OMS ya en abril convocó a terminar con ella y luchar unidos... sin ningún efecto notable.

Vemos que se politizan cosas que es absurdo que se politicen, como usar un cubrebocas: “¡Yo no soy borrego, eso limita mi libertad!”, dicen los ilusos que siguen como borregos a cualquier negacionismo de moda. Entre esos borregos con delirio de grandeza individual no vemos ninguna discusión sobre todas las complejidades de la libertad en la vida social, por ejemplo. Se reducen a aceptar el dogma que mejor deje parada a su auto-imagen como críticos e independientes. Uno termina por preguntarse qué tan popular hubiera sido la implementación de los primeros cinturones de seguridad si en aquellos tiempos hubiera existido Facebook.


Eso ha resultado en que se han politizado, al menos:

  • la misma existencia del virus,

  • su origen,

  • los síntomas de la enfermedad que causa,

  • las medidas de distanciamiento social frente ella,

  • la realización de las pruebas para detectarla,

  • las medicinas que tienen o no efectos medibles en sus síntomas,

  • los aparatos para atender casos graves y los criterios para asignarlos,

  • las estadísticas de casos y de muertes y cómo se miden,

  • los modelos para predecirlas,

  • la misma naturaleza y finalidad del conocimiento científico,

  • las medidas de reapertura tras el distanciamiento,

  • y, ahora, la vacuna.


Sobre todas estas cosas —o al menos, sobre la enorme mayoría— van surgiendo, dando tumbos y tras una encarnizada lucha con la incertidumbre, consensos científicos: se llega a puntos donde los expertos están relativamente de acuerdo sobre cómo interpretar la evidencia disponible hasta ese momento. Entonces, los técnicos dentro de cada gobierno tienen la responsabilidad de proponer, sobre esa base de la evidencia y el consenso, medidas y políticas.


Pero estas medidas raramente pasan indemnes: primero se enfrentan tanto a la relatividad de la circunstancias, como a la disponibilidad de recursos —y, sobre todo, a la politización de la discusión. No importa que el consenso sea que la medicina X no cura el COVID: si ya el líder político dijo que X sí cura, decir que no lo cura seguro que es alguna movida política contra él.


Entonces, aún cuando haya otras vacunas en fases más avanzadas de pruebas, y con estudios que sí se hacen públicos y a los que les da seguimiento la OMS, un anuncio irresponsable de Putin basta para que gente confundida, algunos ilusos, y otros fans irredentos, lo tomen de forma no irónica como un héroe enfrentado a la corrupción de Occidente o algo parecido. Algunos confundidos piensan que la vacuna rusa tiene el mismo estatus científico y bioético que las otras (lo cual no es el caso); los ilusos piensan que Putin es el héroe de la resistencia frente al poder imperialista de EUA (aún cuando Trump ha sido una y otra vez muy acomodaticio con Putin, incluso frente a los aliados geopolíticos históricos de EUA), y los todavía más ilusos piensan que Putin representa un régimen comunista como la URSS, o una potencialidad de regresar a uno así (aún cuando Putin tiene de comunista lo que Peña Nieto tiene de comunista, porque Rusia es una mafiocracia, como México); los fans de verdad, en cambio, al menos lo adoran por características que sí tiene: su homofobia, o la imagen de líder fuerte (con suficiente fuerza como para gobernar por décadas o anexar países vecinos al suyo).


Así, confundidos, ilusos y fans, regocijados en su idea de oposición al maldito occidente perverso (el que al menos todavía existen fuerzas internas que luchan, incluso contra sí mismas, por esos valores como la democracia o la ciencia), se ven llevados en otra ola de politización.


En este ambiente tan inestable y de por sí complejo, dejando de lado los factores de hecho que nos traen hasta acá, vale preguntarnos si todo lo mencionado es algo que tendría que ser politizado.

Quizá deberíamos enfocarnos en las cuestiones que son políticas: ¿quién tiene acceso a la seguridad sanitaria y laboral, y por qué? ¿Cómo asegurarnos de que los gobiernos irresponsables no intenten brincarse los procedimientos mejor probados para la bioseguridad en cuestiones que impactan globalmente —en sus industrias y mercados, o en su producción y distribución de alimentos, vacunas y medicamentos?

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© 2019, Carlos Romero.

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