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De la tecnocracia a la trollcracia

Updated: Sep 9


La trollcracia es un instrumento del fascismo: así opera su maquinaria ideológica, y se normaliza su furia. A la vez, es el retorno de lo mismo: el poder a la élite; la que, mientras opera los cambios necesarios para una “trickle-down economics”, vende furia e ideología como “la cruda realidad”.





La rabia moral es, probablemente, la estrategia más común entre las ultraderechas contemporáneas: provocan a su base –la constituyen— mediante el azuzamiento del descontento y la reacción visceral –la xenofobia, el antiabortismo, la anti-secularidad, la homofobia—; usando emociones como combustible para su repunte en los últimos años. Pero entre esas ultraderechas, un sector importante ha dado resultados conducentes a una sospecha: que sus intereses principales –o el principal—, no están en la mera furia: están en desmantelar los sistemas de seguridad social, cortarle los impuestos a la punta de la pirámide (el “1%”, como le han venido a llamar en EUA) y vender recursos naturales, despreciando el ambientalismo.


La estrategia, entonces, sería populista: vender su discurso a los que temen y a los que se sienten desplazados, y prometer recuperar un lustre económico que se ha perdido por muy diversas razones (la automatización, las finanzas mal llevadas, la corrupción, la explotación), y que se explica por muy diversas ficciones (en un tropo usual, “los migrantes”). Pero su objetivo resulta ser, esencialmente, el de un neoliberalismo elitista y hasta amiguista.


Probablemente, ni los tecnócratas en sus mejores tiempos vieron algo parecido. Recordemos que se llamaban así porque se afirmaban respaldados por la ciencia, por una tecnología económica científica. (Si su respaldo era genuino o pura ideología, o mezcla de ambos, es para discutir en otro momento.) Pero parece que estamos en una nueva época: junto a –o en lugar de— quienes se venden como expertos, tenemos en las élites a trolls, que llevan debates nacionales como quien lidia una escaramuza anónima en Twitter, exhaltando pasiones como el miedo y la ira. Es el viejo neoliberalismo con un nuevo lustre: uno que usa al fascismo como medio: uno que transita de la tecnocracia a la trollcracia.


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Pero el gobierno del troll no está sólo en la alta política: infecta, también, al discurso público y las convenciones implícitas que estructuran el diálogo.


Al ver uno de los debates más sonados recientemente entre la intelectualidad popular –Žižek vs. Peterson–, ¿no es fácil pensar que estos doctores representan la misma tendencia? Trollear, incomodar al contrincante; provocar, ganar la pelea por un golpe bajo en lugar de una demostración de técnica. Vamos configurando un espacio público donde gana no un argumento, sino un chiste ofensivo, una invocación al gulag o a la dieta carnívora, a ver si te exhasperas lo suficiente. ¿No es esa, en esencia, la misma estrategia que la de Trump? “Tell it like it is”: decir las cosas “como son”: “sin filtros”, “políticamente incorrectos”, en breves mensajitos digeribles para sus audiencias leales: “ellos son una bola de estúpidos ilusos”. Breve y potente. Como un golpe bajo. Ese es el código de honor contemporáneo: es, como el influencer ganando fama, acorde a su época. Tenemos, entonces, debates públicos –políticos e intelectuales— en donde el “cada quien su opinión” se enfrenta al argumento vagamente basado en algún dato que, tras googlearlo, cualquier sitio de noticias falsas puede escupir –y si no, al chiste ofensivo. “Incorrección política”, le llaman.


Pero, si en la política contemporánea la manipulación emocional basada en el shock value –el “decir las cosas como son”– encubre una agenda económica elitista ¿qué encubren los trolls de la palestra pública? Nada. Nada de sustancia, al menos: el shock como ariete y –como el trasero para Kim Kardashian— como dispositivo de venta. Y la fama vende libros y conferencias, y da el poder de ser un referente cultural.


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Obviamente, los intelectuales públicos y los debates que salen de la academia no nacieron ayer: los 70s nos dieron Chomsky vs. Foucault; los 2000s, Dawkins y Hitchens contra los fundamentalismos que entonces definían la noción de extremo –esos que echaban bombas o enseñaban creacionismo en las escuelas. Pero es quizá porque en esta década hemos comenzado a hacer del tabú el discurso central –moviendo la ventana de Overton–, y es, a su vez, quizá por ello que nos hemos polarizado tanto, y que ya no existe un enemigo común que define un centro (el totalitarismo, el terrorismo, lo que ponga en peligro la democracia liberal, multicultural y globalizante que hasta esos lejanos 2000s se llegó a pensar como el dogma mundial), que la comunicación es cada vez más difícil; porque es cada vez más difícil hablar un lenguaje común. Los lenguajes emergen desde experiencias compartidas, pero hoy vamos creando nuestras propias esferitas fuera de las cuales todo es idiota, simplemente inservible.


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Según el cliché, los extremos se tocan; de ello se seguiría que los trolls de las ultras terminan cantando en sincronía. Pero yo creo que no. Los extremos se alargan, como si se expandieran en otra dimensión, y esto los lleva a ser muy parecidos –pero, aún así, incomunicables. La única manera de perforar y alcanzar el otro lado de esta banda de Möbius es con el insulto: el trolleo como agujero interdimensional.


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Si el postmodernismo era la muerte de los macrorrelatos a manos del relativismo, la muerte del sujeto sustancial por la microestructura local y la pluralidad, el reemplazo del telos de la Historia por la construcción convencional, y la destrucción de los principios universales por la tolerancia en el diálogo, hoy, eso –todo eso– es precisamente lo que no tenemos: tenemos la prevalencia de discursos radicalizados que se asumen, de entrada, como los únicos correctos, justificando la existencia de sus contrarios por la mera existencia de alguna conspiración global. Las famosas “cámaras de eco” de las redes sociales son la apoteosis –o, quizá, el origen– de esto.


Así pues, en lugar del constructivismo relativista, tenemos un monismo sobre la verdad: “hay una única, y es la mía”. Pero el monismo de la verdad, en la modernidad ilustrada, se aparejaba con la postulación de un árbitro neutral: la ciencia. Y esta era, en principio, una práctica universalizable y auto-corregible. Ahora no. O bueno, hay ciencia, pero sólo se la reconoce como estrategia mercadotécnica: son los “hechos alternativos” como estrategia de venta; es mentir descaradamente: como nos enseñó Kellyanne Conway, tragando saliva si fuera necesario.


Entonces, la trollcracia no es, como al inicio especulamos algunos, la realización del ideal posmoderno del fin de la verdad absoluta: es, más bien, la absoluta verdad de quien conoce los hechos, pero está dispuesto a torcerlos y venderlos con otro nombre, si eso ayuda a la campaña o preserva la vieja manera de pensar; o a negar su existencia y sustituirlos por la conspiranoia y el mítico pasado glorioso.


La mentira siempre ha existido, claro está. Pero hoy –con miles de sitios de noticias falsas a un clic de distancia, donde podemos “confirmar” lo que sea buscando lo suficiente– estamos más dispuestos a comprarla, si nos conviene. Y claro que existen, como diría W.v.O. Quine, “experiencias recalcitrantes”: la mamá antivacunas descubrirá (tristemente) más pronto que tarde, que está, efectivamente, asesinando a su prole: su sistema de creencias se verá confrontado con el mundo, y este le asestará su debida bofetada. Pero, frente a todo ello, siempre se puede ignorar la experiencia y reafirmar –disonancia cognitiva y todo– la certeza: todo es una conspiración. Todo vale –si haces ajustes suficientemente drásticos en tu sistema de creencias.


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Pero no nos venden a la mentira así: como teoría de la conspiración, flexible y llena de epiciclos; la venden como la verdad “difícil de aceptar”. Y no la vende un técnico, sino un bufón: un troll dando golpes bajos.


Es una nueva cara del fascismo. Eco distinguía catorce rasgos esenciales del fascismo (“Ur-fascism”); Stanley distingue diez (How Fascism Works). Entre ellos, la propaganda, el anti-intelectualismo o irracionalismo, la sustitución de la razón por conspiranoias, y la apelación a la frustración nacional. (También notable es la demarcación de grupos sociales oprimidos como los verdaderos causantes de la decadencia –azuzando la rabia que es el vehículo perfecto para ganar votos entre una clase que se ha sentido excluida o humillada.)


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La trollcracia es un instrumento del fascismo: así opera su maquinaria ideológica, y se normaliza su furia. A la vez, es el retorno de lo mismo: el poder a la élite; la que, mientras opera los cambios necesarios para una “trickle-down economics”, vende furia e ideología como “la cruda realidad”. Quien se enoja, pierde.

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© 2019, Carlos Romero.

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