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Contra el nuevo lobo

En un país hundido en la barbarie lo que menos necesitamos es más barbarie.


Con la crisis de violencia en México y las crisis sociales y de derechos, muchas personas comienzan a pensar que nada funciona, porque el Estado les ha fallado. En ese ambiente de decepción y escepticismo surgen y toman fuerza ideas que favorecen la barbarie. Como nada parece funcionar —nada organizado, ninguna ley, ninguna institución, ninguna política—, la única solución parece ser el nihilismo, la destrucción de todo ello.

Es el germen de la barbarie, en sus dos extremos: o bien las ideas autoritarias, en las que una persona o un grupo reducido deciden por millones de otras; o bien el anarquismo primitivo, donde se impone conscientemente la ausencia de ley y de toda idea de organización social: sería como buscar el "estado de naturaleza" de Hobbes, en lugar de huir de este.

Después de crímenes escandalosos y de estadísticas preocupantes, o con la recurrencia de crímenes cotidianos, se popularizan ciertas propuestas: la pena de muerte y hasta el linchamiento, el uso de armas para defensa propia de particulares, el desprecio de los derechos humanos (por esa idea de que se usan para proteger criminales), la tortura como revancha, y hasta la esterilización forzada para parar el embarazo adolescente.

Todas estas pueden aparentar ser ley, pero, más bien legalizan la falta de ley. Me explico.

En el fondo, toda institución, toda ley, todo derecho, existe para imponer una limitación, un control recurrente de la acción humana. (Un derecho impone una obligación porque instituye una esfera de libertad o de acceso a recursos que debe ser respetada, o puesta en vigor, por las demás personas o por el Estado.)

La idea de que la ausencia de límites es más eficiente no se basa en la idea de que los humanos somos buenos por naturaleza y que sin restricciones funcionaríamos mejor (una idea que a veces se le atribuye al anarquismo teórico, equivocadamente). Se basa en la idea de que los límites no son respetados por el crimen, y que obedecerlos hace más difícil luchar contra ese crimen. Llevada al extremo, pone a la sociedad en el mismo nivel moral de los criminales, bajo la idea de que la ausencia de límites de estos resulta más eficiente.

Así, se sistematiza la ausencia de derechos y la ineptitud del Estado.

Este es el peligro de mantener un Estado corrupto e ineficiente, pues es de esperarse que se popularice la solución simplona: destruirlo. Imponer la ley del más fuerte, que ya operaba en el marco institucional debido a su corrupción, pero ahora como ley explícita: que domine el que tiene más pistolas, el que sea más violento, y que dejen de chingar con que hacerlo está fuera de la ley.

A corto plazo quizá el miedo de la tortura convenza a algunos: el miedo de que te dispare tu vecino, el miedo de que te linchen en tu pueblo. Pero eso durará poco, y el descenso al lobo del hombre será más pronunciado y llegará más profundo.

En un país de abusos no sobran los derechos humanos: sobran los abusos y faltan más derechos humanos. En un país en donde las instituciones están corruptas o ausentes, no sobran las instituciones: falta que funcionen. No sobra la ley, falta que se aplique. No sobra la racionalidad, falta que se haga efectiva. En un país hundido en la barbarie lo que menos necesitamos es más barbarie.

Desafortunadamente, las semillas de la decepción ya están plantadas.

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© 2019, Carlos Romero.

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